La vida es eso que pasa al escoger vino.

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La fiesta de maridajes en casa: la excusa perfecta para sacar un vino para la pizza que acabas de pedir.


A veces, importa si es una pizza especial con carnes frías, de calidad. En otras ocasiones sólo es de cadena, pero como es tu gusto culposo no hay problema y con eso eres feliz.

El detalle está en bajar a esa cava que tienes donde guardas los vinos. Realmente es una caja de madera escondida donde pones todos los vinos que acumulas, pero te hace feliz llamarla “tu cava” con la esperanza que sólo te pregunten que tienen y no que la vean directamente y encuentren “tu aventadero de vinos” como lo llama tu mujer.
Pero la felicidad está en tener esa media hora para definir el vino, ponerlo a la temperatura ideal y que llegue la pizza.

Entonces relacionas de que la pediste: carne, bolognesa, quesos, vegetariana, de champiñón y peperoni… La lista de vinos se va reduciendo.
Ya estás entre el blanco o el rosado (o el rosado con el tinto; el espumante o el tardo). La decisión se complica mientras escuchas el grito de “ya apúrate”. Las decisiones no se hacen más fáciles mientras más creces y no te arrepientes de ello: sabes que el lujo de decidir es un poder grande, sobre todo para acompañar tu vino y tu pizza.
En una ocasión, con tu madre, ella sacó el comentario: “se me antoja una champagne para la pizza”.

Sacrílega, pensaste.

Y obviamente no lo dijiste en voz alta sabiendo que si lo hacías, por muy en tus 20 que estuvieras, el golpe que caería en tu cabeza te recordaría las travesuras de infancia.

Ahora que estas en tu “tiradero de vinos” te das cuenta que no es mala idea, no es mal momento, no hay mala decisión al escoger una champagne ¿Quién dice que no va a quedar bien con ese trozo de pan con queso y carnes? Todo para años después, ver que los consejos maternos siempre son los mejores.